|
HAY QUIEN DEFIENDE todavía que es difícil extraviarse dentro de un submarino; y lo difunde así, a los cuatro vientos, alzado a una torreta de acero y lanzando galápagos a una multitud enloquecida, que sin embargo no oculta que desconoce el mecanismo de los relojes de arena.
Gozan los submarinos de una reputación recobrada en prostíbulos parisienses sin que ello nos empalague de terciopelos y candelabros. Gozan de un infundado desorden; de un prestigio asalariado gracias a que huelen a cofre, y por dentro imitan ese ambiente candoroso y nacarado de las pastelerías noruegas donde es posible que muñecas de porcelana todavía jueguen al aro.
Nosotros mismos, que andamos perdidos desde hace años buscando al capitán (y sabemos bastante de estos submarinos), hemos decidido no hablar de la melancólica herrumbre de las algas, y sólo nos limitamos a buscarlo entre los manantiales.
Si alguien ha pensado alguna vez en enrolarse en un submarino, antes de bajar por los peldaños de la escotilla debería preguntarse por qué en los submarinos son un misterio las escenas del juego de la oca; ese largometraje arbitrario, mitad pez, mitad pájaro, que en sus celdas infantiles se sobrepone teatrillos pastosos y tornasolados; valles en los que se albergan suntuosas mansiones de cal, desde donde avisar con una campanilla que por fin “el circo ha llegado a la ciudad”. Sí, el circo con jirafas nebulosas y trombones ajados; un espectáculo abracadabrante dentro de una caja de Pandora, donde los anfibios espolean sus monturas hasta descubrirnos, en su espiral de amor y decadencia, que en las posadas, molinos, y barcos de vapor se suele esconder a un insensato detrás de cada ficus.
Pues bien, insistimos: no se enrole; no de un paso al frente por ninguna otra guerra injusta que nos haga pensar a todos que, ahí afuera -donde el hombre y la mujer debieran de desayunar cada mañana-, sólo quedan huesos, libros desvencijados, y esos pocos pájaros que arden en la insensatez.
El orden.
Vaya por delante que si por obra de la casualidad alguien encontrara cualquiera de esas guías de submarino que circulan de mano en mano, aconsejamos fervorosamente que no lean sus recomendaciones: esos versos duelen. Además, las guías ocultan con rabia que en las inmersiones hay que tener cuidado con los frigoríficos que reposan en los arrecifes fatuos; o con las agujas de los manómetros, que impiden ver el horizonte en las noches en las que la orquesta del submarino decide no tocar el violín.
Usted no elige.
¡Lamentable!
Pero tal vez lo más extraordinario sea descubrir que en su interior –en el interior de los submarinos– no hay nada como el azar para no perderse: avanzar de puntillas tanto como indique un dado , que lanzamos llegado el momento.
También es indispensable no comer demasiado (esto lo sabe cualquiera). En un submarino hay que cuidarse de ello, porque si uno se alimenta sin medida puede engordar como las espadas bíblicas o los yunques de la baja Sajonia; y un día, de pronto, dejar de caber a través de ese laberinto Bauhaus de miel y tortilla esparcidas, y rozar con su espalda esos grimosos techos donde cuelgan guitarras de mariachi, revólveres, y una hilera de ese tipo de bombilla amarilleada y lenta de las pescaderías provenzales.
Así son los submarinos.
Ahora ha salido un dos y nos vamos hasta una ventanilla. Asomados a través de ella, hemos visto en el fondo a esos miles de frigoríficos alambicados que murmuran canciones en las que reconocen haber perdido algún pariente en Hiroshima.
Esto nos ha hecho pensar.
De hecho ya no sabemos si seguir buscando al capitán. Hace años que lo buscamos por esta innecesaria falta de información; y en cambio sí sabemos que si abrimos su puerta nos enfrentaremos con el hecho de la absoluta pérdida.
Tal vez entonces, aquellos músicos de la orquesta que se habían negado a tocar el violín haciendo rumiar a las agujas de presión, decidan al unísono componer piezas ácidas y arrítmicas durante lo que se podría decir toda la noche (en los submarinos desconocemos el transcurso de los días y el color de las setas).
Tocarán entonces endiabladamente, como cíngaros descarados, provocando que filas enteras de turistas tímidos se agolpen en los fogones de carbón para fotografiarlos; o que novias despechadas vestidas de blanco y enrabietados alambres de trapecista se presenten delante de los espejos del baño, escupiendo y arrojando a la cara transistores y puñados de azafrán, refunfuñando olor a pólvora.
¡Una autentica vergüenza!
Si esto sucede, esas contadas veces en las que tenemos la suerte de llegar hasta el camarote del capitán, ¡voila! : éste nos abrirá la puerta –sin duda desnudo– con una pajarita atada al cuello y en la mano una copa de champán, haciendo un brindis. “Le hemos encontrado”, cantarán los heraldos, sin reparar en que el cuerpo del capitán nos producirá un dulce rechazo... ¡Y eso no es intercambiable! El cuerpo del capitán tiene espinas y arroz, y hace diecisiete años que no puede salir por la puerta de su camarote, de ese campanario destinado a albergar, como un escaparate de prostituta honrada, un cuerpo pálido y brutal que fosforesce en catacumbas suecas.
Luego todo será como siempre. El capitán, que agradece las visitas, enseñará ilusionado la última carta que le mandó a su esposa; esa carta culposa y decadente que siempre dice de forma invariable: Estoy en África. No puedo darte la mano; te mando un beso.
José Berrón
|