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Intervenciones

INTERVENCIÓN II: EN IKEA


El hecho de que la mayoría de la población acepte
–y sea obligada a aceptar- esta sociedad, no la hace menos irracional ni menos reprobable.

Herbert Marcuse

Los que hoy no comprenden, es que ayer
movilizaron todas sus fuerzas para dejar de comprender. En su fuero interno, todo hombre está al día del estado del mundo.

Colectivo Tiqqun

Es cierto que aborrezco este orden burgués
Este orden de polis y de cura
Pero aborrezco más a quien no lo aborrece
Como yo
Con todas sus fuerzas

Paul Eluard

 

I

El Capitalismo se sueña sin Otro, sin exterioridad, sin límite y sin alternativa. El recinto de Ikea se parece a la sociedad capitalista en que, una vez dentro, no queda otra posibilidad que andar dócilmente por el camino indicado.

Otra consecuencia más se desprende de esta inconcebible y extremadamente agresiva disposición del espacio dentro de Ikea, que une fraternalmente lo represivo y lo perverso: no hay posibilidad de que el cliente vuelva sobre sus pasos, no hay marcha atrás.

“Quien entre aquí, pierda toda esperanza”, escribió Dante sobre la puerta del infierno.

El almacén, pues, está pensado como nicho ideal para las tristes larvas de una aún más triste “clase media”, dispuestas a dejarse manipular por esta exhibición abrumadora de abundancia-basura, de mobiliario-basura, de enseres aptos para una cotidianidad-basura; y no, desde luego, para aquellos sujetos que, de una manera mucho más juiciosa, sólo deseen –lo antes posible- irse.

De modo que el espacio, en los comercios de esta multinacional sueca, ha tomado el secuestro como modelo funcional. Y por eso no hay nada de extraño en el frecuente “síndrome de Estocolmo” que este dispositivo induce.

Situada en posición de Amo, la empresa –desde el inicio- controla las trayectorias, el libre movimiento y la posibilidad de circular del cliente-rehén. ¿Cómo transitar por donde el Amo quiere sin hacer lo que el Amo quiere? ¿Cómo salir de aquí sin comprar, a modo de rescate, una cualquiera entre la multitud de baratijas que nos cierran el paso en cada jalón de un recorrido obligatorio ?

Y sin embargo: ¿quién tendría –realmente- prisa por irse? Liturgia laica de la precariedad, la visita a Ikea nos confronta a un universo de simulacros, de objetos fugacísimos, de mercancías sumamente perecederas, idealmente apropiados para un estado de la sociedad en el que cada uno sabe (otra cosa es que quiera enterarse, otra cosa –aún- es que quiera sacar las consecuencias pertinentes) que nada va a durar. Ningún escenario mejor que el salón-basura que uno adquiere en Ikea, para albergar las patéticas discusiones de una pareja-basura que se conoció en un viaje-basura, tan pronto como finalice el contrato-basura de cualquiera de los dos.

Ikea es la metáfora -aséptica y siniestra a un tiempo- del género de vida que, a fecha de hoy, todavía aceptamos vivir.

Eso también: que esta vida, en sí misma, sea del género imbécil, que lleve aparejada una cotidianidad sorda, pueril, irrespirable (¡qué despliegue de facilidades para que los sujetos empleen su tiempo en algo tan obtuso como “jugar a las casitas”!), no deja de tener ciertas “ventajas”, ni de ofrecer al fin y al cabo unos dudosos rendimientos... Y en esta línea, de hecho, se orientaba la penúltima campaña de esta multinacional, bajo el slogan “Redecora tu vida”.

A través de un mensaje como este, en efecto, se identifica la compra de cualquier mercancía de Ikea a la realización cómoda e inmediata del deseo de un “cambio de vida” que puedan experimentar los individuos... A la vez que se ofrece una vía de escape, frente a la angustia y la fuerte resistencia que toda posibilidad de un “cambio” auténtico moviliza en el yo.

De este modo, la consigna sugiere que el deseo de transformación -ligado sobre todo a la pulsión de vida- se puede satisfacer:

a)  en el territorio obscenamente inocuo de la vida doméstica,

y b) en el plano imaginario de los efectos de superficie, de lo cosmético, de la “decoración”,

de manera que el yo –cambiando en falso, cambiando sin arriesgar nada, cambiando “cosas” sin cambiar él mismo - permanezca anclado a todas sus servidumbres.

“Redecora tu vida”, pues, expresa únicamente: “anestesia, a través de la compra, cualquier incómodo y comprometedor deseo de cambio .” A la vez que se apoya –y que da por sentada imperceptiblemente- una escandalosa suposición, a saber: que eso que aceptas hacer todos los días es, verdaderamente, “ tu vida”.

“Redecora tu vida”, en suma, no significa otra cosa que:

Anestesia, por la vía inmediata del consumo, el deseo de vivir una vida que puedas verdaderamente llamar “tuya”.

No cambies de verdad.

No arriesgues nada.

Hazte viejo jugando a las casitas.

 

II

Todo lo anterior, naturalmente, está enunciado en el terreno de las convicciones subjetivas. En La llave de los campos estamos llenos de ellas. Delegamos en el Amo Capitalista la tarea de decirle a la gente cómo debe vivir. Pero fueron también estas mismas convicciones las que nos animaron a visitar Ikea, y a dejar en sus instalaciones algún recuerdo de nuestra visita.

Con este fin, el pasado 18 de mayo nos desplazamos hasta uno de los dos recintos que esta multinacional ha instalado en la capital de España. Y en el transcurso de una hora fuimos distribuyendo por los distintos expositores del almacén un total de 500 tarjetas, donde habíamos hecho imprimir el siguiente mensaje destinado a los alborozados clientes:

A día de hoy, la cifra de muertos civiles en Irak como consecuencia de la invasión norteamericana se eleva a 24.735

Sigue redecorando tu vida.

Con este mensaje, nos proponíamos tres objetivos convergentes.

-El primer objetivo: dejar en evidencia la indecente frivolidad y la abyección ética del mensaje publicitario que parodiábamos, para lo cual no hacía falta más que ponerlo en relación con el estado real del mundo. (Ya no queda espacio para esa legitimación y/o celebración de lo frívolo, que aún sufrimos como estela de la peor post-modernidad.)

-El segundo, introducir en esa apoteosis imaginaria de la (supuesta) “vida normal” que es el dispositivo de Ikea, un elemento anómalo, intempestivo, incómodo y perturbador: un efecto de Real. En otras palabras: buscábamos deshacer la ilusión tácita de que la vida llamada “normal” –el confinamiento de la ciudadanía en una privacidad cada día más invadida por la creciente monitorización de los modos de vida y de las conductas concretas- puede ser, en alguna medida, un refugio seguro contra la angustia.

-Y el tercer objetivo -pero no menos importante, desde luego- era poner de manifiesto lo que nadie ignora; es decir: que bajo el Imperio de la Mercancía Autoritaria, esa vida que algunos se dedican a redecorar está ligada indisolublemente a la muerte real e indecorosa de otros muchos.

Nuestra intervención, pues, tenía esta vez el sentido prioritario de una llamada a la consciencia.

Y por eso decidimos hacerla en uno de los ECM (Espacios de Cretinización Masiva) que más adhesiones sonámbulas sigue movilizando a fecha de hoy.

Colectivo La llave de los campos

Diciembre, 2005

 

 
 
   
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