| Escapar al orden urbano impuesto por el Capitalismo, con su correlato de conductas asépticamente prescritas, con su anémica normalidad burguesa tipificada por las Ordenanzas Municipales: prohibido cantar en los transportes públicos, prohibido sentarse en las aceras, beber en las plazas, bañarse en las fuentes, manifestarse sin permiso ... En una palabra: prohibido todo aquello que impida al Biopoder su expolio cotidiano: su reconversión del sujeto vivo en una máquina célibe acoplada a la cadena del consumo, en un cuerpo vaciado de placer, pervertido hacia el goce mortífero de perseguir el placer del otro.
Evitar, sobre todas las cosas, los vínculos que el deseo teje.
La ciudad, pues, como escenario de la vigilancia crecientemente incriminatoria del Gran Hermano Capitalista. La ciudad que es también una herramienta para el aislamiento y la represión toleradas por el ciudadano, transformado así en un militante convencido y fanático de la burguesía planetaria. La ciudad del aburrimiento cotidiano , la ciudad-trinchera, la ciudad-dispositivo, la ciudad-cárcel... Pues en esta medida, la ciudad —con su orden jerárquico, sus monumentos, sus espacios “públicos” y los nombres impuestos de sus calles—, cumple un propósito casi imperceptible: acostumbrarnos a SU orden, hacernos invisible el hecho de que la ciudad es nuestra y que, sin embargo, no decidimos sobre ella. Hacernos olvidar que somos nosotros, sus presencias vivas, quienes la hacemos cada día con nuestros actos, con nuestros vínculos vivos. Escondernos la verdad inalienable del deseo: la certeza de que, si lo deseamos, podemos crear nuestra ciudad; elegir, no sólo nuestra vida individual, sino nuestra vida colectiva. Hacernos creer, en definitiva, que no somos una fuerza, separarnos, convertirnos en niños irresponsables que no “pueden hacer nada”, conformistas, consumistas. Niños obedientes que balbucean: “es lo que hay”.
Por eso el Gran Hermano dice: no te salgas de esas conductas que te hacen ser un respetable “ciudadano”, no quieras entablar verdaderos vínculos con el Otro, no renuncies a la competencia, no imagines siquiera que puedes desear.
Mucho menos se te ocurra desertar de SU paz armada, aunque sólo sea para pasar un buen rato a TU manera, no pienses, no desees, no te apasiones, no te hagas preguntas: COMPRA. Si para eso hace falta encerrar a los “sin papeles” en cárceles humanitarias , si hay que enviar ejércitos no menos humanitarios para que humanitariamente arrasen países, si hay que encerrar a esos “radicales” que tienen la osadía de elegir por su cuenta, no importa. Todo esto se hace por tu bien; porque tú, ese honrado ciudadano que ha “elegido” SU vida, tú, equipado con SUS tarjetas de crédito, SUS hipotecas, SUS códigos, SUS prohibiciones, eres importante. Muy importante. Pero que nadie diga que no lo sabes, si desertas, si deseas, si no eres un militante de esa burguesía “global”, no por eso eres menos responsable.
Claro que nosotros no sabemos lo que “hay” que hacer, no deseamos elegir por el Otro. Sólo deseamos escapar, desertar de esta paz armada. Ahora bien: ¿Qué hacer para desertar?
Como habitantes de la ciudad de Madrid, los miembros del colectivo La Llave de los Campos no nos conformamos con “lo que hay”, con la ciudad que hay, sino que deseamos otra ciudad. Queremos una ciudad que destierre el tedio, que no sea cárcel ni trinchera, y por tanto, construida sobre el Deseo.
Una ciudad Otra.
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Pero nombrar las cosas es hacerlas. Así que, antes de plantearnos esta intervención, lo único que sabíamos es que cualquier gesto que transformara ese texto que es la ciudad debía tener el carácter de una inscripción. Sabíamos eso, y que para que esa inscripción cambiara algo debía dar un golpe a la supuesta realidad, desestabilizando la cara más inerte del texto de lo cotidiano. Es así cómo decidimos cambiar, en el transcurso de una noche, los nombres a las calles de un barrio de Madrid, escribir las calles, inscribir nuestra huella en el espacio cotidiano.
El sueño, la poesía, el deseo de contribuir a la revolución permanente de la que hablaba André Bretón y una pequeña escalera, eran todas nuestras herramientas. En este sentido, nuestra intención era sencilla: desterrar de nuestra ciudad los nombres vacíos de significado, y sustituir algunos de esos nombres con evocaciones poéticas y monumentos vivos al deseo. Teñida de todas nuestras subjetividades, de nuestro deseo como individuos y como grupo, nuestra intención era tomar simbólicamente lo que de hecho, como habitantes de Madrid, nos pertenece.
Pero no se trataba sólo de “completar” ese gesto que es cambiar los nombres a las calles, sino de que cada uno de esos nombres fuese un acto significante que no fuera sólo nuestro, sino también colectivo. Un acto que además rompiera el rito marcado por los códigos conductuales del Biopoder. Por eso tenía que ser una deriva en grupo, no sospechábamos entonces que sería un acto mucho más colectivo de lo que habíamos imaginado.
Reescribir /rehacer la ciudad.
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Amanecer despiertos ante la Travesía del Sueño. Atravesar a pata coja la “Calle para recorrer con una sola pierna”. Sorprender la incredulidad de una transeúnte que pasa por la “Calle del culo Volador”. Conversar con una pareja ante la “Calle del Amor Loco”. Descubrir a la madrugada que se han llevado la Calle Bajo Sospecha, hablar con un joven que nos pide una foto de la Calle de La III República. El encuentro con un visitante andaluz que se acerca y nos pregunta… y el azar que dispone que tengamos un cartel repetido —la “Calle del Perro andaluz” —, que nos pide y que le regalamos, y él que se declara entusiasmado porque “es posible hacerlo, se puede cambiar”.
Cambiar el nombre: el lenguaje como acontecimiento transformador, el lenguaje que evoca, invoca, crea y detiene la tiranía de lo útil, que pone entre paréntesis la dictadura de la Mercancía. Claro que se puede cambiar, si lo deseamos.
Sólo si lo deseamos.
Si aceptamos que somos responsables y que siempre, sabiéndolo o no, elegimos. |