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CONTRA LA ÉTICA,
POR UNA IDEOLOGÍA DE LA IGUALDAD SOCIAL
Aurelio Sainz Pezonaga

Tierradenadie ediciones





LA LLAVE DE LOS CAMPOS
El siglo del fin de las ideologías es también el del apogeo de la ética, que es “ideología en estado puro” que justifica y reproduce la obediencia.

Y es de obediencia de lo que habla el libro “Contra la ética, por una ideología de la igualdad social”, un texto de actualidad en el que, a la luz de nociones existencialistas como proyecto , trascendencia o inmanencia , Sainz Pezonaga hace una lectura renovada y dialéctica del marxismo, localizando lo que diferencia a las ideologías de igualdad de las éticas de dominación, y abordando las posibilidades reales de resistencia.

Según la tesis básica de este más que interesante libro, todas las ideologías –incluso las de libertad- implican obediencia, pues son discursos que dicen cómo, para qué y a quién obedecer, definen qué es lo real y qué tiene sentido en un campo social con respecto a un proyecto (la Humanidad, la Mujer, la Democracia, etc.) Como señalara Marx, la dominación es producto del dominado tanto como éste lo es de ella, ya que reproduce la dependencia individual del sujeto configurando su mundo simbólico, incluso si desobedece. Por otro lado, en las sociedades despóticas desobedecer no supone sólo el castigo simbólico de la exclusión del sentido social, sino también castigos tan reales como la tortura (que se practica cada vez más en los países “democráticos”), castigos que agudizan el miedo y la necesidad de “darse” sentido. A pesar de ello, dice el autor, las ideologías son imprescindibles para vivir en sociedad, pues estructuran históricamente el espacio simbólico de los agentes sociales, configuradas como son por la propia comunidad a través de representaciones, ritos, relatos y otros medios de producción de sentido.

Partiendo de esta tesis, Sainz analiza la diferencia entre el derecho democrático y el exclusivo, atribuyendo a la condición de ética trascendente de éste último ciertas taras como la inmutabilidad, la negación de lo conflictivo, el determinismo, la idealización, el individualismo, la objetivación cómoda y clientelar del sujeto, la universalidad, etc. Rasgos que son, según el autor, la marca de fábrica no sólo de los sistemas cuya estructura es manifiestamente despótica, sino también de otros a los que en principio se presume democráticos. Es el caso del ciudadanismo, algunos humanismos o ideologías “alternativas” y, en general, de todas las éticas que proponen una igualdad simbólica eludiendo la real, y que no son sino el medio a través del cual el monopolio dominante canaliza, sin agotarlos, sus propios conflictos (como de hecho hace el capitalismo con los problemas de género o étnicos, la homosexualidad, etc.)

Siguiendo este corolario, Sainz señala que hoy el principal obstáculo de la práctica transformadora es la colaboración. Y es justamente ese hecho -acompañado del derrumbe del mito romántico de la “necesidad histórica” como promesa de un cambio irrevocable y del fracaso de la idea de una “vanguardia” del sujeto revolucionario, entre otras cosas- lo que lleva al autor a proponer el abandono de la “conquista jacobina del poder” y la construcción de un proyecto de “multiplicación de objetivos” en busca de una identidad inmanente de la resistencia, que no parta sólo de la confrontación con el grupo dominante.

Pero es imposible transformar la desigualdad sin reconocer que existe y que ha sido construida por una clase en contra de otra. Por ello, y porque no se puede oponer a una clase dominante organizada una acción individual, sino otra clase constituida, el autor señala que este proyecto debe ser configurado por la colectividad y en el terreno de lo cotidiano. Solo que semejante esfuerzo implica una cuota de mecanismos de control y obediencia: los que garantizan la exclusión de la exclusión, pues todo poder de decisión sobre la vida y muerte de otros (o sobre su acceso a los medios para subsistir) es despótico, por lo que tales mecanismos deben ser controlados de manera conjunta. Pero no hay que asustarse: en las ideologías democráticas, el sujeto está condicionado y es siempre condicionante, lo que implica que si bien obedece, al producir él mismo las estructuras que configuran su obediencia, también puede transformarlas. De ahí que en los sistemas de igualdad todo sea susceptible de reconstrucción, investigación, problematización, incluso el sujeto mismo, que vive una identificación más que una identidad estática. Por eso, y porque requiere un desarrollo de las capacidades de los agentes sociales para decidir y gestionar conjuntamente su mundo, dice Sainz que “la libertad es la mejor obediencia”.

Finalmente, el autor resume la esencia de la práctica democrática en tres conceptos: responsabilidad, compromiso, y libertad. Porque toda obediencia, se plantee como se plantee su ideología, es histórica y social, “lo mejor que podemos hacer, es preguntarnos a qué compleja estructuración obedecemos y responsabilizarnos de su reproducción o transformación.”

Texto revolucionario, lúcido y novedoso, “Contra la ética, por una ideología de la igualdad social” es un libro indispensable para todos aquellos que verdaderamente quieran reflexionar sobre las posibilidades de una transformación de las condiciones actuales y del derrumbe total de los monopolios de poder exclusivo que amenazan la vida del hombre sobre el planeta.

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