La palabra campo es sinónimo de espacio abierto, de aire limpio, de brisa fresca. No cabe una cerradura en un campo, como no cabe acotar el cielo o poner límites a la imaginación. Y sobre cerraduras e imaginación habla el grupo La Llave de los Campos, constituido por un grupo de amigos, escritores de relatos en su mayor parte -Julio Jurado, Inés Mendoza, Víctor García Antón, Emi Yagüe, Marisa Mañana, Emilia Lanzas y Ángel Zapata que, un buen día, decidieron que su vínculo vital fuera “una continua creación”.
“La vida cotidiana está anquilosada por hábitos, y por una idea bastante sorda y deprimente acerca de ‘cómo tienen que ser las cosas’. La Llave de los Campos es un intento por descubrir cómo nosotros deseamos que sean. Queremos reescribir, entre otros muchos, el texto dócil, pasivo y resignado, en que hoy se ha convertido la amistad”. Quien así habla es Ángel Zapata, escritor y miembro de un colectivo que ha basado sus propuestas en un documento con veintidós dogmas en torno al cuento breve con los que quieren “romper de una buena vez con esa forma de representación servil (servil hacia la industria, el mercado y los medios de cretinización de masas) que encarna el realismo”. Y se refiere “sobre todo, como es obvio, al realismo-comercialmente-correcto: a esa narrativa de telefilme, rutinaria, acrítica e imbécil que está asfixiando la literatura”.
Los veintidós dogmas, impresos en un tríptico, comienzan de forma directa: “Prohibido escribir historias basadas en hechos reales”. “La verosimilitud de un cuento no deberá apoyarse en su supuesta ‘semejanza’ con la realidad, sino en la coherencia interna -discursiva y/o estructural- del texto. (Declaramos pieza de museo la narración figurativa. Escupimos sobre la tumba del realismo)”, dice el segundo. Está prohibido alterar la secuencia cronológica del argumento con el fin de reforzar su interés, dotar a la historia de un atractivo “pueril, que dependa del escamoteo o la dosificación “estratégica” de información”, “terminantemente prohibida cualquier historia apuntalada sobre una trama policial”, o “escribir como habría escrito Carver si hubiera sido idiota”. Prohibido escribir de una manera “cinematográfica”, la “inocencia” moral, política, histórica o estética, prohibida la melancolía, los relatos protagonizados por “víctimas”, el casticismo o el tono solemne o los cuentos “cuyo argumento pueda contarse fácilmente”.
Éstas son sólo algunas de los dogmas de La Llave de los Campos, que ha comenzado en Madrid pero cuyos miembros proceden de España, Guinea o Venezuela. Un subtítulo del colectivo habla de “escritura, creación e intervención surrealista”. Esto obedece, según Zapata, a que “nos consideramos surrealistas en la medida en que el surrealismo encarna la voluntad de abolir la distinción entre el arte y la vida, y se articula sobre tres ideas básicas que nosotros entendemos como la acción poética, el deseo y la libertad. El concepto de intervención, que tomamos de los situacionistas, se relaciona con el rechazo activo al papel de “espectadores” en que trata de confinarnos el sistema social vigente. Vivir no es ver vivir. Vivir es hacer y es arder. Nosotros apostamos por un arte que arda, que reinvente los textos que organiza la vida; en los libros, y mucho más allá”.
“Hay un cuento de Félix J. Palma -indica Zapata- que empieza así: Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Cualquiera es muy libre, está claro, de leer o no leer el cuento. Pero si acepta leerlo, entonces ha de poner entre paréntesis sus convicciones sobre la realidad. El mundo es como es... pero podría ser de otra manera: podría haber un mundo donde la gente se conociera en los armarios. Podría haber una sociabilidad distinta, un orden diferente, otras reglas de juego. Explorar todo eso que “podría haber” es la misión del arte. El texto de ficción es un laboratorio de futuro. Nuestros dogmas apuntan hacia una forma de escritura que no sirva al Mercado. Hacia textos que sean espacios de experiencia, y no la adaptación de un videojuego”.
Entre los narradores actuales, La Llave de los Campos admira “fervosoramente” a Hipólito G. Navarro, el ya mencionado Félix J. Palma o Eloy Tizón. Y entre las generaciones anteriores “la lista sería más larga, pero baste citar la revolución narrativa que ha impulsado Quim Monzó, la obra singularísima de Javier Tomeo, y la hondura lírica de Medardo Fraile”.
Tiene el grupo en general, y Ángel Zapata en particular, las ideas muy claras. Y no es para menos: el que por el colectivo habla es uno de los mejores autores de relatos de España, y firma dos libros sobre teoría del relato que son casi de obligado cumplimiento para cualquier adicto al texto breve, además de contar con una vasta experiencia como profesor en renombrados talleres literarios. Y, por ejemplo, afirma que “los finales con sorpresa convierten la aventura que es un cuento en un acto de prestidigitación banal. Es frecuente, en cambio, que los buenos cuentos desemboquen en un “momento de comprensión”, donde el protagonista accede a la revelación de su posición como sujeto. Este es el tipo de finales que arden en las manos del lector, y no sólo en las manos”.
“Narrar -continúa- es una acción por la cual un artista descubre lo que no sabía que sabía: un saber hasta entonces no pensado, que accede a la palabra. Lo que sé, lo que ignoro, qué importa. Importa, únicamente, lo que va a serme dado saber mientras escribo; porque esto es lo que hace indispensable el acto de escribir”. No hacen falta más palabras.
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