La creación de una obra aparece desde lo desconocido, como un impulso. El artista es tentado por una imagen perturbadora, simbólica (memoria de las formas o de las sombras), y siente cómo el aire que corre entre la materia informe y su mirada subjetiva se hace milagro, se convierte en arte puro a través de sus manos.
Manos que estimulan la sensibilidad, la libertad creadora, el deseo. El deseo como lo sentimos los surrealistas; desear desde otra parte, desde el convencimiento de conseguir lo que le falta a la mirada realista. Buscar cuanto hay de sorprendente y apasionado en el mundo que nos rodea, la posibilidad que tiene el artista de maravillarse ante las singularidades de la vida.
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