LaLlavedelosCampos Escritura, creación e intervención surrealista
     

Surrealismo

Introducción al discurso sobre la poca realidad

Breton , André, Apuntar el día , Caracas,
Monte Ávila Editores, 1974, págs. 7-23.

 

« Sin hilo », ésta es una expresión demasiado reciente dentro de nuestro vocabulario, una expresión cuya fortuna ha sido demasiado repentina para que no pasase en ella mucho del sueño de nuestra época, para que no me entregase una de las muy pocas determinaciones específicamente nuevas de nuestro espíritu. Leves señales de esta índole me dan a veces la ilusión de intentar la gran aventura, de parecerme en algo a un buscador de oro: busco el oro del tiempo. ¿Qué evocan entonces esas palabras que escogí? Apenas la arena de las costas, algunas arañas entrelazadas en el hueco de un sauce —de un sauce o del cielo—, pues sin duda es simplemente la antena de gran superficie, y luego islas, nada más que islas... Creta, donde debo ser Teseo, pero Teseo encerrado para siempre en su laberinto de cristal.

Telegrafía sin hilos, telefonía sin hilos, imaginación sin hilos, se dijo. La inducción es fácil pero a mi juicio también está permitida. La invención, el descubrimiento humano, esa facultad que en el tiempo se nos concede tan parsimoniosamente de conocer, de poseer aquello que no se conocía en absoluto antes de nosotros. Está hecha para sumergirnos en una inmensa perplejidad. En verdad, este pudor nos alarmaría menos si, de vez en cuando, no fingiese cedernos, abandonarnos el más insignificante de sus secretos para volver de inmediato a sus reticencias. El mal humor de la mayoría de los hombres que a la larga no consintieron más en caer dentro del engaño de esas revelaciones irrisorias, que se mantuvieron para siempre en las únicas referencias invariables, como se mira a las montañas, al mar —en fin, los espíritus clásicos—, este malhumor, sin embargo, es motivo de que no puedan sacar todo el partido posible de una vida que, lo admito, no se distingue en su esencia de todas las vidas pasadas, pero que tampoco debe verse asignar de modo totalmente vano semejantes límites: André Breton (1896-19 . .).

Estoy en el vestíbulo de castillo con una linterna sorda en la mano, e ilumino alternativamente las armaduras relumbrantes. No vayan a creer en alguna astucia de malhechor. Una de esas armaduras parece casi de mi altura; ojalá pudiese ponérmela y reencontrar en ella algo de la conciencia de un hombre del siglo xiv . Oh teatro eterno, exiges que no sólo para desempeñar el rol de otro sino aun para dictarlo, nos enmascaremos a su semejanza, que el espejo ante el cual posamos nos devuelva una imagen extraña. La imaginación tiene todos los poderes, salvo el de identificarnos, a pesar de nuestra apariencia, con un personaje distinto de nosotros. La especulación literaria es ilícita desde el momento en que erige, frente a un autor, personajes a quienes éste da o niega la razón luego de sacarlos de la nada. «Hable por usted, le diré, hable de usted, de esta manera me enseñará mucho más. No le reconozco derecho de vida o de muerte sobre aquellos seudoseres humanos, que salen armados y desarmados de su capricho. Limítese a dejarme sus memorias; entrégueme los nombres verdaderos, déme la prueba de que no ha dispuesto para nada de sus héroes». No me gusta que alguien tergiverse ni que se esconda. Estoy en un vestíbulo de castillo, con mi linterna sorda en la mano, e ilumino una tras otras las armaduras relumbrantes. Luego, quién sabe, en este mismo vestíbulo, alguien, sin pensarlo, se pondrá la mía. De zócalo a zócalo, el gran coloquio mudo proseguirá:

Coloquio de las armaduras

«Yo oigo, ¿y ustedes? ¿Cómo soportar aún el galope de los caballos en el campo? Incluso para ellos el sol de los muertos bien puede resplandecer, los vivos siempre corren a toda carrera en auxilio de lo inauxiliable. De esto hacen un asunto de Estado.

—Al final los persuadieron de que no vivían sus primeras ni sus últimas vidas. Una vez, dicen, no es hábito. Nosotros toquemos madera verde.

Voz de mujer . Aquí van de dos en dos algunos rezagados. ¡Piedad para ellos solos! Armaduras, háganse cada vez más relumbrantes; amantes, háganse gozar cada vez más.

—¿Acaso un ser puede estar presente para un ser?

Otra voz de mujer. Yo sólo existía para veinte zarzas de espino blanco. De ellas está hecho, desafortunadamente, este corselete encantador. Pero también conocí la pura luz; el amor del amor.

Yo . “El alma sin miedo se adentra en un país sin salida, donde se abren ojos sin lágrimas. Por él se va sin rumbo, se obedece sin cólera. Se ve hacia atrás sin volverse. Al fin contemplo la belleza sin velos, la tierra sin manchas, la medalla sin reverso. Ya no estoy para implorar, sin creer en él, un perdón sin culpa. Nadie puede cerrar la puerta sin goznes. ¿Para qué tender en los bosques del corazón esas trampas sin peligro? Un día sin pan no será tan largo, sin duda”».

* * *

Todo esto no anula nada. Por poco que saque la cabeza de entre mis manos, el pequeño estruendo de lo inútil empieza de nuevo a ensordecerme. Estoy en el mundo, bien en el mundo, e incluso ensombrecido en este momento por la caída de la tarde. Ya sé que en París, por los bulevares, los bellos carteles luminosos hacen su aparición. Estos anuncios ocupan un lugar muy grande dentro de mi vida cuando me paseo y, sin embargo, sólo traducen en realidad lo que me importuna. También pienso, desde mi ventana, en la distribución, sensiblemente igual todos los días, de los humanos en los lugares privados o públicos. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que no ocurra nunca que una sala de espectáculos generalmente llena se halle una noche casi vacía, por el solo motivo de que cada uno tenía algo que hacer en otra parte? (Hablo de las salas donde la venta anticipada de localidades es nula o muy reducida). ¿Por qué transportan los trenes en la misma época del año un número de pasajeros tan poco variable? Lo que llama la atención en este asunto es la falta de coincidencias. A cada instante me dejo llevar por consideraciones de esta índole, que pueden parecer sin sentido pero que dan una idea justa de los obstáculos que la mente tiene que superar a veces. Hay también la importancia que me veo obligado a otorgar al frío y al calor, en resumidas cuentas, todo el proceso de esta distracción continua que me hace abandonar una idea por un amigo, un amigo por una idea, que me obliga a desplazarme cuando escribo, interrumpiéndome en medio de una frase, como si necesitara asegurarme de que tal objeto en la habitación está en su lugar, que me funciona bien cierta articulación. La existencia debidamente comprobada por anticipado de ese ramo de flores que voy a respirar o del catálogo que hojeo debería bastarme: pues no. Debo asegurarme de su realidad, como se dice, entrar en contacto con ella. El error consistiría en considerar esa mímica como únicamente expresiva. A pesar de esos múltiples accidentes, mi pensamiento tiene su andadura propia y no parece sufrir mucho por la traición, si esto realmente lo es. «Como quieras, me dice, no te retengo». Así me permite leer los periódicos, muy pocos libros es cierto, entablar conversación con desconocidos, jugar, incluso a veces reír, acariciar a una mujer, aburrirme, entrar en un parque: en fin, aprovechar, fuera de él, mi poco placer donde lo encuentro. Como es más difícil de subyugar que yo, le gusta que le rinda cuenta de la extraña fascinación que ejercen diariamente sobre mí esos lugares, esas acciones, esas cosas, ese mínimo común de los mortales . ¡Qué independencia la suya! Es más sombrío que la noche y en vano trato de ocuparlo todo con lo que parece estar sucediendo muy lejos, en su ausencia, con lo que le digo ser a una serie de prodigios, para estar seguro de que me escucha, como la reina bella y triste que es:

Serie de prodigios

«El prodigio, señora, pero antes tengo que describirle ese naufragio. Nuestra nave llevaba todo lo que usted puede concebir como lo más nuestro , lo más valioso. Había una virgen de yeso cuya aureola, para hacer más perfecta la semejanza, había sido construida con hilos de araña, de modo que dicha aureola se iluminaba a la caída del rocío. Había una mosca artificial enteramente blanca que yo había robado en sueños, sí, en sueños, a un pescador muerto, y durante horas la miraba flotar en el agua con la que había llenado un tazón azul: éste era el cebo que destinaba a lo desconocido. Había lo que puede llegar desde el fondo de la tierra, lo que puede caer del cielo. Hasta encima del puente avanzaban los arbustos medicinales, exhalaban su perfume los grandes jacintos indiferentes a los climas. Para verlo todo se habían desclavado las cajas pesadas. También se habían repartido los adornos morales: al collar de la gracia tan sólo lo componían dos perlas llamadas senos; había el genio que no sólo era un adorno sino también una promesa resplandeciente. Una pareja de los pájaros más raros, y que cambiaban de forma con el viento, supera en mucho, incluso en este aspecto, a los instrumentos de música.

¿En qué latitud nos pareció que esa tierra hacia la que nos apresurábamos se ocultaba progresivamente y que en vez de alcanzarla habíamos roto el mar de vidrio? Esto es, señora, lo que no podría decirle. ¡Los pájaros de canto maldito! Pasaban ahora tristemente, sin consolarnos. El antagonismo del genio y de la gracia, que sólo duró un relámpago, fue suficiente para volver la virtualidad a las flores. El puente era de tierra inculta y, a cada lado de la nave, en la transparencia de las aguas, sólo subsistía la imagen invertida de los grandes jacintos indiferentes a los climas. La tempestad había despeinado a la virgen, y la única mosca blanca, extraordinariamente fosforecente, oscilaba en su tazón azul noche.

Nuestros gritos, nuestra desesperación cuando sentimos que todo iba a faltarnos, que todo cuanto podría existir destruye a cada paso lo existente, que la soledad volatiliza poco a poco lo que tocamos, permítame, señora, que se los ahorre. ¿Usted, no es cierto, es la que entra en la pajarera incolora, la que condena las olas a esas floraciones infernales?

El prodigio, señora, es que conservemos, en la orilla donde usted nos hace arrojar medio muertos, el recuerdo maravillado de nuestro desastre. Ya no hay pájaros vivos, ya no hay flores verdaderas. Cada ser incuba la decepción de saberse único. Aun lo que nace en él mismo no le pertenece y, es más, ¿nace algo de él? ¿Acaso lo sabe? El prodigio, además, es que el hundimiento de todo este esplendor sea cuestión de tiempo, digamos casi de edad, y que algún día podamos descubrir los restos de una nave en la arena donde estamos seguros que en la víspera no había nada.

Le traigo el más hermoso y tal vez único resto de mi naufragio. En este pequeño cofre, cuya llave no tengo y que le entrego, duerme la idea desarmante de la presencia y de la ausencia en el amor».

* * *

Aquí, la aguja imantada enloquece. Todo lo que indica obstinadamente el norte desierto ya no sabe adónde orientarse frente a la aurora. El enigma de los sexos concilia, en última instancia, a los sabios y a los locos. El cielo cayendo sobre la cabeza de los galos, la hierba dejando crecer bajo la pezuña del caballo del huno, nada, desde las Termópilas resbaladizas hasta la fórmula maravillosa: «Después de mí, el Diluvio», nos conduce mejor al borde de nuestro precipicio. Los museos por la noche, espaciosos y claros como music-halls , salvan de la gran vorágine al desnudo casto y audaz.

Hombre, ahora miro dormir a esta mujer. De minuto a minuto se espera el final del mundo, del mundo exterior. Somos nosotros mismos quienes de golpe hemos desafiado esas consecuencias, arguyendo el carácter fatal de nuestro espíritu. ¿Qué me importa lo que se dice de mí puesto que no sé quién habla, a quién le hablo y a favor de quién hablamos? Yo olvido, hablo de lo que ya he olvidado. Olvidé sistemáticamente todo lo que me sucedía de placentero, de penoso, sino de indiferente. Sólo lo indiferente es admirable. La terrible ley psicológica de las compensaciones, que nunca he visto formulada y en virtud de la cual parece que no podemos luego dejar de pagar caro un momento de lucidez, de placer o de felicidad, y también es preciso decirlo, que nuestro peor fracaso, nuestra mayor desesperación nos valdrán una revancha inmediata; que la alternancia regular de esos dos estados, como en la psicosis maníaco-depresiva, supone del uno hacia el otro la equivalencia rigurosa, en cuanto a intensidad, de nuestras emociones para bien o para mal, la terrible ley psicológica de las compensaciones deja a un lado lo indiferente, es decir, en la balanza del mundo, lo único que no sea susceptible de tara. En lo indiferente procuré ejercitar mi memoria, en las fábulas de moralidad, en las impresiones neutras, en las estadísticas incompletas... Y sin embargo, hombre, miro ahora dormir a esta mujer. El sueño de la mujer es una apoteosis. ¿Ve usted esa sábana roja bordada con una cinta ancha de encaje negro? ¡Qué cama tan rara!

¿Es culpa mía si las mujeres duermen al sereno, mientras fingen retenernos junto a ellas en sus lujosos aposentos? Poseen sobre nosotros un poder de fracaso increíble con el que también me enorgullezco de contar. Contar como cuenta un lago con las efímeras. El lago debe encantarse con la incomparable brevedad de sus vidas y envidio la cambiante óptica de la mujer para quien el porvenir nunca es el más allá, que frunce la frente ante mis cálculos y está segura de que la exceptuaré del saqueo, segura que escapara al exterminio que medito. No le disgusta, ni mucho menos, la débil resistencia que oponen a mi deseo de lo irreal tanto los demás hombres como todo aquello de que puede prescindir nuestro amor.

Amarnos, aun cuando quedasen pocos días, amarnos porque estamos solos después de ese famoso terremoto y porque nunca lograrán rescatarnos debido al gran amontonamiento de escombros; no nos queda sino este recurso: amarnos. Nunca en mi vida imaginé un final más hermoso. Allí ya no tendríamos que tomar en cuenta ninguna otra cosa. Unos cuantos metros cuadrados nos bastarían —¡oh! ya sé que usted no estará de acuerdo conmigo, pero ¡si me amara! Además, en cierto modo esto es lo que nos sucede. Ayer París se hundió: estamos muy abajo, muy abajo, ya que no disponemos de lugar. No hay pan ni agua, ¡y usted que le tenía miedo a la cárcel! Muy pronto esto terminará: sí, uno quisiera tener un arma para usarla el tercero, el cuarto día, pero ¡henos aquí! Sin embargo, piénselo, ¿de qué no es capaz una unión como la nuestra? Usted es mía quizás por primera vez. Ya no se apartará; ya no tendrá que resignarse a faltarme durante unas horas, un segundo. Inútil, está cerrado por todas partes, se lo aseguro.

Y amarnos mientras se pueda, porque, verá usted, yo que acepté el augurio de aquel formidable hundimiento, dejé un poco de desearlo cuando la vi a usted por primera vez. Mire, se está apagando nuestra penúltima vela; encenderemos la otra sólo cuando sea completamente tarde en nuestra vida. Será lo mejor, créame. Pero ven más cerca, aún más cerca. ¿Eres tú? Recuerda, ¡hemos deseado tanto esta ignorancia del resto! Ya no querías bailar, querías que pasara escribiéndote el tiempo en que estabas retenida lejos de mí, ¿no es cierto? Ahora estamos entregados a nosotros mismos por la eternidad. Empieza a hacerse de noche. Cómo, ¿llora usted? Temo que no me ame.

* * *

Historias de aparecidos, cuentos para asustar, sueños terroríficos, profecías, os dejo. Rígidos matemáticos, como podía preverlo, atraídos por esta pizarra, aprovecharon la desaparición de la mujer para plantear el problema de mi ilusión:

Un problema

«Antes de cumplir los veintinueve años de edad, el autor de estas páginas, después de contradecirse cien veces entre el 7 y el 10 de enero de 1925, fecha en la que estamos, sobre un punto de la capital, esto es, el valor que debe concederse a la realidad, pudiendo variar ese valor de 0 a 8, cabe preguntar en qué medida él será más afirmativo al cabo de once años y cuarenta días. En caso de que la realidad fuese positiva, decir también para cuántas personas aproximadamente escribió esto, sabiendo que los poetas tienen tres veces menos lectores que los filósofos, y éstos doscientas veces menos que los novelistas».

* * *

Enhorabuena, veo que respetan mi duda, que cuidan mi susceptibilidad. ¡Problema horrendo sin embargo! Cada día que vivo, cada acción que cometo, cada representación que viene como si nada hubiera pasado, me lleva a creer que cometo un fraude. Al escribir paso, a la caída de la noche, como un contrabandista, todos los instrumentos destinados a la guerra que me hago a mí mismo. Ello muestra hasta qué punto quiero poner todas las posibilidades del otro lado y que mi fracaso provenga de mí. A pesar de todo lo escrito al respecto, dos hojas del mismo árbol son rigurosamente iguales: es incluso la misma hoja.

Tengo una sola palabra. Si dos gotas de agua se parecen tanto, es porque sólo hay una gota de agua. Un hilo que se repite y se cruza hace la seda. La escalera que subo nunca tiene más que un peldaño. No hay sino un color: el blanco. La Gran Rueda desaparecida siempre tiene un solo rayo. De allí al único, al primer rayo de sol, no hay más que un paso.

¿Hacia qué tiende esta voluntad de reducción, este terror a eso que alguien antes que yo denominara el Demonio Plural? Muchas veces a quienes miraban mi fotografía les parecía conveniente decirme: «Es usted», o «No es usted» (¿Quién podría ser entonces? ¿Quién podría reemplazarme en el libre ejercicio de mi personalidad?). Otros me miran, y pretenden reconocerme, haberme visto en alguna parte, especialmente allí donde nunca estuve —lo cual es mucho peor. Recuerdo a un bromista siniestro que, una tarde, en los alrededores del Chatelet, detenía a los paseantes a lo largo de los muelles —si no estaban solos apartaba bruscamente a uno de ellos— y a quemarropa preguntaba: «¿Cómo se llama usted?». Supongo que casi todos debían darle sus nombres. El agradecía brevemente y los dejaba. En el pequeño grupo que formábamos unos amigos y yo, no fue a mí a quien eligió. Admiro la valentía de aquel hombre que podía ofrecerse gratuitamente semejante espectáculo, como el coraje de algunos mistificadores célebres, capaces de actuar sin testigos a expensas de uno o varios individuos. ¡Verdaderamente hay que creerse solo! Pienso también en la poesía que es una mistificación de otro orden, y tal vez del orden más grave.

Ella presenta en nuestros días exigencias tan particulares. Véase el poco caso que hace de lo posible, y ese amor por lo inverosímil. Lo que es, lo que podría ser, ¡qué insuficiente le parece! Naturaleza, ella niega tus reinos; cosas, ¿qué le importan vuestras propiedades? No descansa mientras no haya puesto su mano negativista sobre todo el universo. Es el desafío eterno de Gerard de Nerval llevado como un cordero a una langosta por el Palais-Royal. El abuso poético está lejos de terminarse. La Cierva con pies de bronce, con cuernos de oro, que traigo herida en mis hombros a París o a Micenas transfigura el mundo a mi paso. Los cambios se efectúan tan rápidamente que ya no tengo tiempo de percibirlos. En 1918, en aquel servicio del hospital Val-de-Grace que llamaban por eufemismo el 4º Afiebrado y que era entonces por sí solo todo un poema, en ese servicio donde me tocó estar de guardia, me encontraba a veces, por la tarde, dentro de su cubículo, con un hombre de cierta edad y de apariencia humilde, a quien por precaución le habían quitado la navaja y los cordones de sus zapatos, a quien muchas veces se olvidaban de alimentar y de quien se habían asegurado repetidamente que no cargara encima más que un pobre pantalón, una camisa de hospital y un horrible gorro azul, con excepción de una manga roja, que constituía el uniforme de los locos. Pues bien, no me creerán, pero ese hombre a quien inspiraba confianza, cuando estábamos realmente solos, ante mi sorpresa siempre renovada, desplegaba grandes banderas, entre ellas una alemana y una rusa, que sacaba de no sé dónde. Una noche hasta hizo volar dos palomas ante mis ojos, y me prometió dos conejos para la próxima vez. Dejé de verlo por entonces y hoy lamento no haber indagado más acerca de él. Afirmo la verdad de esta anécdota y no quisiera en esta oportunidad pasar por demasiado sugestionable. No me quitarán la idea de que ese extraño mago que casi no hablaba era víctima de otra cosa más bien que de una incomprensible falta de vigilancia.

La nuestra, lo he comparado a partir de entonces, no está mejor asegurada. Nuestros sentidos, el carácter apenas pasable de sus informaciones, poéticamente hablando no podemos contentarnos con esta referencia. Hay que dar a Porfirio lo que le pertenece: «¿Los géneros y las especies existen en sí o sólo en la inteligencia; y en el primer caso son corpóreos o incorpóreos; por último, existen fuera de las cosas sensibles o se confunden con ellas?» Se ha afirmado de una vez: «Veo el caballo. No veo la caballidad».

Quedan las palabras, puesto que de todos modos en nuestros días sigue la misma disputa. Las palabras tienden a agruparse de acuerdo con afinidades particulares, las cuales tienen generalmente por efecto hacerles recrear el mundo a cada instante según su antiguo modelo. Todo sucede entonces como si una realidad concreta existiera fuera de lo individual; más aún, como si esta realidad fuera inmutable. En el orden de la comprobación pura y simple, suponiendo que la concibamos, nos hace falta una certidumbre absoluta para afirmar algo nuevo, algo que sea capaz de chocar con el sentido común. El famoso E pur, si muove! que Galileo habría pronunciado en voz baja después de abjurar de su doctrina, está siempre vigente. Cualquier hombre de hoy, preocupado por adaptarse a las normas de su época, ¿acaso se siente capaz de dar cabida, por ejemplo, dentro de su lenguaje, a los últimos descubrimientos biológicos o a la teoría de la relatividad?

Pero ya lo he dicho, las palabras, dado el carácter que les reconocemos, merecen desempeñar un papel mucho más decisivo. De nada sirve modificarlas puesto que, tal como son, responden con aquella prontitud a nuestro llamado. Basta con que nuestra crítica se refiera a las leyes que presiden a su ensamblaje. ¿Acaso la mediocridad de nuestro universo no depende esencialmente de nuestro poder enunciativo? La poesía, en sus épocas más bajas, nos ha dado la prueba de ello: cuánto derroche de cielos estrellados, de piedras preciosas, de hijas muertas. Gracias a Dios, al respecto terminó por producirse una reacción lenta pero segura en los espíritus. Lo dicho y lo redicho tropiezan hoy con una barrera sólida. Son ellos los que nos ataban a este universo común. En ellos habíamos adquirido aquel gusto del dinero, aquellos temores limitativos, aquel sentimiento de la «patria», aquel horror a nuestro destino. Creo que aún no es tarde para volver sobre esa decepción, inherente a las palabras de las cuales hemos hecho un uso inadecuado hasta ahora. ¡Qué me impide trastocar el orden de las palabras y perturbar así la existencia, por entero aparente, de las cosas! El lenguaje puede y debe ser liberado de su esclavitud. No más descripciones según lo natural, no más estudios costumbristas. ¡Silencio! para que yo pase por donde nadie nunca ha pasado. ¡Silencio! —Después de ti, mi hermoso lenguaje.

Se asegura que la meta en materia de lenguaje es la de ser comprendido. ¡Pero comprendido! Comprendido por mí probablemente cuando me escucho al igual que los niñitos que reclaman la continuación de un cuento de hadas. Cuidado con esto, conozco el sentido de todas mis palabras y observo naturalmente la sintaxis (la sintaxis que no es, como creen algunos tontos, una disciplina). No veo por qué después se escandalizarían al oírme sostener que la imagen más satisfactoria de la tierra que estoy haciéndome en este momento es la de un aro de papel. Si semejante ineptitud nunca ha sido proclamada antes de mí, en primer lugar no es una ineptitud. Por lo demás, no pueden pedirme cuenta de ninguna frase semejante, o de lo contrario exijo el contexto. Hubo una vez alguien suficientemente deshonesto como para hacer, en la nota de una antología, el índice de algunas imágenes que figuran en la obra de uno de los más grandes poetas actuales; en ella podía leerse:

Día siguiente de oruga en traje de baile quiere decir: mariposa.

Mama de cristal quiere decir: un botellón.

Etc. No señor, no quiere decir . Guarde su mariposa dentro de su botellón. Lo que Saint-Pol-Roux quiso decir, esté bien seguro que lo dijo.

No olvidemos que tan sólo la creencia en cierta necesidad práctica impide otorgar al testimonio poético un valor igual al que se otorga, por ejemplo, al testimonio de un explorador. El fetichismo humano, que necesita probar el casco blanco, acariciar el gorro de piel, oye con un oído muy distinto el relato de nuestras explicaciones. Le es absolutamente necesario creer que eso ha sucedido . Para responder a este deseo de verificación perpetua, recientemente propuse fabricar, en la medida de lo posible, algunos de esos objetos a los que uno se acerca sólo en el sueño y que no parecen defendibles ni bajo el concepto de la utilidad ni bajo el del entretenimiento. Es así como en una de esas últimas noches, soñando que estaba en un mercado al aire libre cerca de Saint-Malo, di con un libro bastante raro. El lomo de este libro lo constituía un gnomo de madera cuya barba blanca, cortada al estilo asirio, descendía hasta los pies. El espesor de la estatuilla era normal y no impedía en nada, mientras tanto, dar vuelta las páginas del libro, que eran de gruesa lana negra. Me apuré a adquirirlo y, al despertar, lamenté no encontrarlo a mi lado. Sería relativamente fácil de reconstruir. Me gustaría hacer circular algunos objetos de este tipo, cuyo destino me parece eminentemente problemático e inquietante. Sumaría un ejemplar a cada uno de mis libros para regalarlo a personas de mi elección.

Quién sabe, con esto tal vez contribuiría a la ruina de los trofeos concretos, tan odiables, a sembrar un descrédito mucho más grande sobre esos seres y cosas de «razón». Máquinas de construcción muy sabia quedarían sin empleo; se diseñarían minuciosamente planos de ciudades inmensas que al punto en que estamos nos sentiríamos incapaces de fundar nosotros, pero que por lo menos clasificarían las capitales presentes y futuras. Autómatas absurdos y muy perfeccionados, que no harían nada con nadie, estarían encargados de darnos una idea correcta de la manera de actuar.

¿Será acaso el destino inmediato de las creaciones poéticas el adquirir ese carácter tangible, el desplazar tan singularmente las fronteras de lo supuestamente real? Es deseable que por el poder alucinatorio de ciertas imágenes, por la verdadera capacidad de evocación que poseen, fuera de la capacidad de recordar, algunos hombres dejen ya de ser desconocidos. Falta mucho para que el Dios que nos habita guarde el reposo del séptimo día. Todavía estamos leyendo las primeras páginas del Génesis. Tan sólo depende de nosotros que echemos sobre las ruinas del antiguo mundo las bases de nuestro nuevo paraíso terrenal. Aún nada está perdido, pues reconocemos a través de signos certeros que la gran iluminación sigue su curso. El peligro en que nos pone la razón, en el sentido más general y discutible de la palabra, al someter las obras del espíritu a sus dogmas irreversibles al quitarnos de hecho la posibilidad de elegir el modo de expresión que nos perjudique menos, ese peligro, sin duda, dista mucho de ser descartado. Los inspectores lamentables, que no nos sueltan al salir de la escuela, siguen haciendo sus giras de inspección en nuestras casas, en nuestra vida. Se cercioran de que seguimos llamando a un gato un gato y, como al fin de cuentas conservamos la serenidad, no nos recluyen obligatoriamente en asilos y cárceles. No por eso dejamos de desear el vernos libres cuanto antes de tales funcionarios... La idea de una cama de piedra o de plumas me resulta igualmente insoportable: qué quieren ustedes, no puedo dormir sino en una cama de corazón de saúco. —Hagan la prueba— Qué comodidad, ¿no es cierto? Pero si seguimos este rumbo, ¿a dónde llegaremos? ¿Acaso no sienten que esa cama —oh, es muy sencillo, sólo que no se fabrica— está promovida de repente a una existencia tan llena de atractivos que ya ustedes la preferirían a la actual? Por consiguiente, ustedes ya no tiene prejuicios sobre la materia prima que puede entrar en la composición de una cama. En realidad , ¿acaso duermo en una cama de corazón de saúco? ¡Basta! no sé: debe ser cierto de algún modo, puesto que lo digo.

Autosugestión y sugestión, ustedes me hacen reír. ¿Qué es más, un juego de mi mente, un reflejo inconsistente, el paso dentro de su carroza automóvil de «Valentín, el rey de los cauchos» o el estacionamiento detrás de la puerta de esas botellas blancas que hacen cerrarse las damas-de-noche? Pretendo que esto es tanto como eso, vale decir ni más ni menos que el resto.

A mi entender, nada es inadmisible. La rana que quería hacerse más grande que el buey sólo reventó dentro de la corta memoria del fabulista. Cuando niño, me gustaba creer que se habían invertido los papeles: al principio, el buey debía ser un animal muy pequeño, del tamaño de un insecto, que un día quiso hacerse y se hizo más grande que la rana. No me parecía que una voluntad, aunque fuera animal, y de un orden tan pueril, pudiese no ser susceptible de perfecta ejecución.

La extraña diversión

La civilización latina ha cumplido su tiempo y, por mi parte, pido que se renuncie en bloque a salvarla. Aparece en este momento como el último baluarte de la mala fe, de la vejez y de la cobardía. La componenda, el engaño, las promesas de tranquilidad, los espejos vacantes, el egoísmo, las dictaduras militares, la reaparición de los Increíbles, la defensa de las congregaciones, la jornada de ocho horas, los entierros peores que en tiempo de peste, el deporte: sólo nos falta, creo, correr el telón. Si parezco algo preocupado en cuanto a mi propia determinación, no es para soportar con fatalismo las burdas consecuencias del azar que me hizo nacer aquí o allá. Otros pueden apegarse a su familia, a su país y a la misma tierra, por mi parte ignoro este tipo de emulación. Sólo quise en mí ser lo muy contrastante con el fuera litigioso que me parecía existir en él, y por eso nunca me inquieté acerca de mi equilibrio interior. Por eso también consiento en interesarme todavía en la vida pública y en sacrificarle, al escribir, parte de la mía. Para hablar como todo el mundo, lo declaraba entonces (y provisionalmente les ruego admitir que existe un aquí y un otra parte ; de eso dependen todos los artificios de la seducción, toda la aurora en marcha): nosotros, los occidentales, ya no nos pertenecemos y en vano intentamos conjurarte, adorable flagelo, muy incierta liberación. En nuestras ciudades, las avenidas paralelas, orientadas de norte a sur, convergen todas en un terreno baldío, hecho de nuestras miradas de detectives desilusionados. Y ya no sabemos quién nos confió este asunto inextricable. La revelación, el derecho de no pensar ni actuar como el rebaño, la única oportunidad que nos queda de recobrar nuestra razón de ser, no dejan subsistir, durante nuestro sueño, más que una mano cerrada con excepción del dedo índice que señala imperiosamente un punto en el horizonte. Allí, el aire y la luz empiezan a provocar con toda pureza la sublevación orgullosa de las cosas pensadas, apenas construidas. El hombre devuelto a su soberanía, a su serenidad originales, predica, dicen, para él sólo, la verdad eterna de él sólo. No tiene noción de ese arreglo repugnante del que somos las últimas víctimas, de esa realidad de primer plano que nos impide movernos. No se trata de partir una vez más, dado que ese hombre no puede menos que venir a nuestro encuentro: viene, ha convertido ya a los mejores entre nosotros.

¡Oriente, Oriente vencedor, tú que sólo tienes valor de símbolo, dispón de mí, Oriente de cólera y de perlas! Tanto en el fluir de una frase como en el viento misterioso de un jazz, permíteme reconocer tus recursos en las próximas Revoluciones. ¡Tú que eres la imagen radiante de mi desposesión, Oriente, hermosa ave de rapiña y de inocencia, ¡te imploro desde el fondo del reino de las sombras! Inspírame, que yo sea aquel que ya no tiene sombra.

Septiembre de 1924

 
   
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