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Surrealismo

MANIFIESTO DEL GRUPO SURREALISTA

DE IOANNINA

 

No existen palabras con significados inocentes o neutrales. Las palabras son campos de una gran guerra social en aquellas sociedades caracterizadas por la lucha de clases y la distribución jerárquica de las relaciones de poder, en esas en las que cada acción, cada gesto, cada grito tiene que confrontar la fantasmagoría de la comodidad con las tecnologías del Estado. Y éste enemigo, cuya práctica de guerra consiste en dar significados inequívocos, es suficientemente competente como para organizar, en base a una disociación radical, el espacio de la cultura y el tiempo de cada día

A través de un poder especializado y de las prácticas del conocimiento, la casta de intelectuales lleva a cabo el rol de construir sentido común confirmando creencias dominantes como verdades supuestas, bien para idealizar lo que ahora existe como «realidad objetiva», bien para demarcar con esta idealización una esfera ostensiblemente arrancada de la experiencia social, un mundo de bienes intelectuales prescindibles, dispuestos a ser consumidos; valores eternos y significados universales que solo el sibarita, el que tiene talento, el que está cualificado tiene la discreción de lanzar como un nuevo Prometeo. Todos los que no tienen acceso a este mundo, los que no comparten las actuales vulgaridades artísticas o los que no poseen las actuales técnicas de construcción del conocimiento se contentan a sí mismos jugando el rol de «audiencia», es decir, de consumidores de productos culturales.

De cualquier modo, la lucha, las contradicciones, los conflictos y las compulsiones dan forma a la realidad de esta «audiencia», a su rutina. Las formas estéticas, el conocimiento y toda clase de «verdades» también están moldeados con la propia experiencia social. La única razón por la que estos «moldes» están fuera del campo de batalla de esta guerra social y cotidiana es porque, en realidad, la «audiencia» es capaz de olvidar cualquier cosa que experimente si se apoya con estas verdades neutrales y especializadas para, finalmente, ser persuadida de que «esta vida es maravillosa», de que merece la pena conformarse porque alguien ya ha descubierto por ella su último y más profundo significado. Olvidar o soportar no sólo equivale a que en el pasado se perdiesen batallas, sino que, en mayor medida, la suerte o el destino de las batallas venideras han sido decididas de antemano, no hace falta tomar parte en ellas.

La «audiencia» está inventada para escuchar los comunicados de una guerra que, de manera definitiva, se supone acabada para siempre. Diccionarios, libros didácticos, enciclopedias, catálogos de museos; todos ellos están en gran medida situados donde uno de los oponentes, el hasta ahora ganador, defiende públicamente sus conquistas, anticipa su predominio irrevocable y supone su aquiescencia para la próxima expedición. Signos muertos, palabras cuya significación parece ser neutral e inocente, perpetúan un mundo bajo conquista y una vida en cadenas. Estas palabras aparentemente neutrales e inocentes se presentan como algo evidente en sí mismas, se dejan ver como normales dentro de la explotación de clases, la estructura jerárquica de las relaciones de poder, la opresión política y la aniquilación de la subjetividad bajo una conciencia adicta a someterse a las prohibiciones de la ética dominante para satisfacer el patrón estético de la industria cultural y adaptarse a sí mismas a los requerimientos de un racionalismo que se acomoda únicamente a todo lo intercambiable o eficiente.

Desde que la historia de las palabras es la historia de una guerra en suspenso, el significado de la palabra surrealismo corre peligro por haberse vulgarizado. Unas veces termina por ser un trofeo en manos enemigas y otras, siendo una bandera en las ceremonias organizadas por «amigos». Pero también hay casos en que emerge, una vez más, como un conjuro marcial para aquellos que tienen ganas de continuar la aventura de la destrucción revolucionaria de los valores dominantes cambiando el mundo, cambiando la vida, logrando una libertad total.

En el ámbito de los críticos de arte y entre los «especialistas» de la cultura, el surrealismo se refiere a un movimiento de escritores literarios, pintores y cineastas que una vez aparecieron en París para completar su círculo vital con mucho alboroto y no mucho después de su iniciación, dejando en herencia un estilo de pintura, una técnica de automatismo y de experimentación literaria o, en otras palabras, algunos medios de expresión que no son sino vestigios de una vanguardia muerta, objetos expuestos en el blasón del arte moderno.

Dentro de la publicidad y los medios de comunicación, generalmente en la industria del espectáculo, surrealismo es sinónimo de algo dispar, raro o extravagante, como un chiste provocativo e incoherente; es sinónimo de un suceso errático, de un espectáculo tumultuoso. Dando pruebas de ser una buena inversión para sus jefes, algunos de los que hicieron un uso acomodaticio de los antiguos métodos surrealistas y que fueron denominados «grandes y eminentes artistas» —como Avida Dollars, marca registrada bajo el nombre de Salvador Dalí— contribuyeron decisivamente en la forja de esta significación de surrealismo . Esta adaptación entusiasta de la cultura totalmente acomodada o de la comodidad idealizada, no es, por supuesto, una prerrogativa de ex surrealistas; Andy Warhol, por ejemplo, era solamente un publicista. Si es para referirse a una extravagancia tratada con tolerancia y condescendencia, a un estilo de vida de lo irracional, es imprescindible despojar al surrealismo de su esencia revolucionaria. Sólo como algo inocuo puede ser asimilado de manera confortable por los códigos y las técnicas del espectáculo, técnicas de un monólogo encomiástico que el mundo de las comodidades se reserva para sí mismo.

También hay una tercera variante de la definición de surrealismo, otra singular característica de la soleada Grecia, del «más maravilloso país del mundo», ése al que los helenos iluminan desde lo alto con su espíritu a través de sus logros —y demás disparates por el estilo—. En un país donde la obsesión nacionalista es la norma, el surrealismo como un estilo artístico y como irracionalidad espectacular se vuelve «hiperrealismo», traducción demasiado inocente para surrealismo que indica una técnica apropiada para que alguien que escribe poemas populares y produce pinturas caras con un poco de mar griego y mármoles reluciendo al sol. En el estilo «hiperrealístico» el elemento nacional es predominante, como si el surrealismo acabase de nacer teniendo a un lado a los surrealistas «dogmáticos» de todo el mundo, los cuales rechazan todas las referencias nacionales y, por otro, a los griegos «iluminados», «hiperrealistas», herederos de la historia de una supuesta supremacía del espíritu de los habitantes de la Antigua Grecia. Siendo un «hiperrealista», uno puede ser grabado en la historia de la «civilización griega» (esa construcción ideológica abominable), tener la oportunidad de llegar a ser «embajador del helenismo», un producto novel exportable o, por lo menos, que tendrá su lugar en el círculo de los amantes del arte filisteo como asociado; en cualquier caso, uno puede ser reconocido como un «hombre de letras y artes» (bajo el control total del gobierno griego). Nicolas Calas y Adonis Kyrou, los únicos griegos que se alistan sustancialmente al movimiento surrealista —aunque, en gran medida, ellos desarrollaran mayoritariamente su actividad fuera de Grecia— y Andreas Empereikos, quien nos dio a través de su arte y de su trabajo, algunos raros y preciosos momentos de amor revolucionario —aunque nunca confrontase el medio doméstico literario— todavía se conservan como las excepciones que prueban la norma.

Pero, ¿cuál es el significado de surrealismo en su uso cotidiano y, lo que es más, desde el punto de vista de las barricadas? A pesar de los, ocasionalmente, pretendidos mensajes de muerte, el surrealismo superó la total confrontación como movimiento global para la revolución de la conciencia. Los grupos surrealistas preservaron su independencia de las instituciones dominantes —a través de las cuales se filtra la producción ideológica— y de las burocracias políticas —que impusieron un monopolio del conocimiento en los movimientos revolucionarios históricos—. La actividad colectiva surrealista no se transformó en actividad artística ni degeneró en una apología. Esta independencia del surrealismo, la preservación de su aliento revolucionario, fue obtenida a través de una serie de crisis, conflictos internos y batallas intransigentes contra todo intento de asimilación.

La suerte del movimiento surrealista ha conectado con el destino de esfuerzos históricos para la liberación y, bajo esta mirada, el surrealismo no ha quedado intacto tras las derrotas de las revoluciones históricas y las victorias que los enemigos de la libertad han ganado. Sin embargo, la incesante recurrencia de esta negación del mundo existente, la lenta pero firme reaparición de Este-demonio-enamorado en la Historia son la prueba incontestable de que este cadáver no está muerto, y de que los viejos marcadores todavía tienen que ponerse a cero. Mientras la búsqueda de la libertad total mantenga su actualidad, mientras la civilización controle el deseo y convierta al mundo en una enorme prisión de objetos intercambiables, el surrealismo siempre volverá para revelarnos la urgente necesidad de nuestra realización como subjetividades.

Por lo tanto el surrealismo es, por encima de todo, una opción polémica, una opción de desafío y destrucción de los valores de la civilización burguesa. Vibra con odio y aborrece este mundo hecho de compartimentos estancos. Con significados específicos y abriendo sus propios caminos hacia la libertad, el surrealismo levanta focos de subversión y contribuye al preámbulo de la revolución. Se produce entonces el estallido. Dentro del abismo de la opresión, se suma a la voz de cada hombre y cada mujer oprimidos. Aunque no puede estar sujeto a ningún proyecto político y no actúa directamente en la escena central, guarda su dimensión política imborrable. Sobre este aspecto uno puede entender la afinidad electiva del surrealismo con el furor dadaísta y con el criticismo de los Situacionistas dentro de la sociedad del espectáculo. Mucho más que presuponer la destrucción del arte, la desnudez del objeto en su función como mera comodidad y la subversión de esta sociedad en conjunto, el surrealismo no puede sino abrazar Dada como un parásito permanente y benéfico dentro de su cuerpo y a la crítica situacionista como un matiz perpetuo dentro del horizonte que explora.

Más allá de la objeción y la crítica, el movimiento surrealista aspira a reemplazar los valores dominantes por otros nuevos. En lugar del choque de la libertad contra la comodidad circundante, reivindica la convergencia de amor y revolución apuntando al reino mítico de la poesía a través de ondulaciones mágicas de la imaginación. Esto es como decir libertad sin restricciones.

Con el inconsciente como vehículo y para que las posibilidades de sobrepasar la alienación puedan ser reveladas, queda bajo su responsabilidad la exploración de campos que estén al otro lado de las fronteras racionales de este mundo. En esta aventura no busca explicación ni significados, sino la revelación en sí misma. Una experiencia de trance (cualquiera, salvo religiosa), una ruta intoxicada de trasmutación a través de conceptos y símbolos extraídos de la realidad prosaica. Cuestionando los límites dados del lenguaje, pensamiento y creatividad, intentamos liberar nuestros deseos, recordar nuestro yo olvidado o conocer un yo totalmente nuevo hasta ahora difícilmente localizable. El punto de partida es el descubrimiento de que nuestras vidas están alienadas, de que nosotros hemos interiorizado la opresión con demasiada receptividad, de que experimentamos cada día un shock entre lo que estamos forzados a ser o aparentar y lo que hemos reprimido o no encontrado aún.

Las imágenes y los textos que los surrealistas crean y que a menudo salen a la luz a través de juegos colectivos, son simplemente medios que activan nuestro yo oculto. Constituyen un camino para que los límites entre lo real y lo onírico se enfrenten, para que permitamos conscientemente los laberintos del deseo. La suerte nos puede dirigir fuera de las fronteras de esta cárcel llamada mundo objetivo hacia una dimensión surreal donde los objetos son sacados más allá de los usos y funciones actuales, reservándonos sorpresas y emociones, llegando a ser campos para la realización de un sujeto que sueña, se enamora, se revela, actúa.

La actividad surrealista, de acuerdo con este significado, no produce piezas de arte, sino que intenta reconfigurar la relación entre los humanos y los objetos del mundo, y, en mayor medida, la relación entre los humanos mismos hacia una dirección que prescinda de cualquier clase de moral, estética o preconcepciones racionales. Así que las imágenes y los textos que resultan de la actividad surrealista no son objetos artísticos que solamente los «expertos» tienen el derecho legitimado a producir. Al contrario, el surrealismo demanda, por un lado, la realización del arte por todo aquel que lo desee, no sólo por artistas inspirados que se autodenominen espectadores pasivos, y por otro, la abolición en la práctica de conceptos tales como «talento», «valor estético», «artista» y «audiencia». Por otra parte, también está claro que las creaciones surrealistas no pueden ser sometidas a evaluación por ningún crítico de arte; tampoco pueden ser sometidas al estudio de académicos ilustrados. El surrealismo versa sobre eventos en los cuales todo el mundo puede contribuir, a los cuales todo el mundo puede criticar y por los cuales todo el mundo puede ser criticado, dando por supuesto que los puntos cardinales de la brújula están constantemente en el horizonte de la emancipación como una experiencia concreta y viable.

En esta guerra cotidiana nadie descansa en paz y nadie va a hacerlo. Nuestras armas para la transformación de este mundo son la infancia, el amor, la poesía como una práctica incluida dentro de nuestras vidas (no sólo su expresión literaria) y, sobre todo, la subjetividad, que apuesta su existencia en las barricadas; una subjetividad, por tanto, que se convierta en la llave de lo dinámico, que persistentemente reconfigura la concepción del mundo. El objetivo es lo que la ideología dominante ofrece como algo que cambia de acuerdo a las existentes relaciones de poder.

Pero todo esto carecería de sentido y podría no ser realizado si cada uno de nosotros mirase por sí mismo sin percibir la necesidad de la acción colectiva. A través de la colectividad tratamos de difundir las posibilidades revolucionarias de la poesía dentro de nuestras vidas cotidianas y, además, hacerlas asequibles, evitar circunscribirlas en los estrechos límites de un grupo. La crisis y la inercia existen dentro de todos nosotros. Pero también es cierto que la experiencia nos ofrece la posibilidad de trasformar la crisis y la inercia en algo creativo, que nos seduzca, a través de la colectividad.

Bajo esta perspectiva, cuatro años antes tomamos la decisión de formar un grupo surrealista en Ioannina y contactar con el Movimiento Surrealista Internacional que, en este momento, tiene grupos en París, Praga, Estocolmo, Buenos Aires, Chicago, Madrid, Londres, Leeds, Saõ Paulo. Desde este movimiento se representa tan claro como posible sobre los objetivos anteriormente citados.

En las noches cuando la órbita de los planetas se desvía, será definitivamente difícil definir lo ordinario, no como algo indiferente, sino como algo que nosotros ni amamos ni odiamos, pero que todavía queremos que sea una canción que vuela de azotea en azotea y levanta a los muertos de sus tumbas.

Aggelos Vasileiou
Giannis Golfinopoulos
Manolis Daskalos
Vangelis Koutalis
Lefki Mossou
Galini Notti
Marianna Xanthopoulou
Lydia Papazisi
Nikos Pegioudis
Makis Perdikomatis
Fotos Chailis
Kleoniki Chtistaki

Ioannina, Junio de 2004

 

 

 

 
 
   
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